LA CITA

Al  final  de la semana  recibí repetidas  llamadas de un número  desconocido. Primero en medio  de una reunión, luego nuevamente  sonó cuando caminaba por una calle  poco recomendable y otra tercera vez  que simplemente no quise contestar. Después  de la última llamada recibí una notificación  que decía: “Correo de voz”. Debe de ser uno de  esos clientes nuevos para preguntar alguna pendejada.

Ese  día llegué  a mi casa muy  tarde en la noche,  estaba cuadrando la alarma del  celular y vi que tenía pendiente  un correo de voz. Marqué *123 y después 1 para escuchar un mensaje nuevo. Del otro  lado me sorprendió una voz grave y tranquila:

–Hola,  Camila, soy  Cristian, el amigo  de Andrés, ¿me recuerdas?  quería invitarte a un café  mañana a las cinco. Hay un cafecito  antiguo como chévere frente al lugar  en que nos vimos ¿Lo conoces? bueno, igual  es el único que existe en la zona así que no  te será difícil hallarlo. No acepto un “no” por respuesta así  que te espero allí. Linda noche.

¿Salir  con Cristian?  es un desconocido,  pero se ve interesante  ¡sí! que Andrés lo sepa  de paso. Cristian le contará  que salió conmigo y se dará cuenta de  lo que se perdió. ¡Ah, qué más da! pensé y  le regresé a Cristian un mensaje de texto solo con   un OK.

Llegué  unos minutos  antes de la hora  acordada. Caminaba por  el lugar y veía a cada  una de las puertas segundos  después de mirar el reloj,   él entró mirando para todos lados  buscando un rostro familiar, al verme,  me señaló con el índice y me atravesó con  una sonrisa, hice un gran esfuerzo para no evidenciar  que estaba nerviosa, se acercó tímidamente y me besó en  la mejilla, con su mano me invitó a sentarme en la mesa.  No pude evitar sentir el aroma que emanaba de él, era como  un animal en celo por su insistente mirada en mis labios con cada palabra  que le decía, confieso que me sentí rara, pero con una incomodidad placentera,  algo que nunca me había sucedido.

Nos  sentamos  frente a frente,  me ofreció un café    y con una mirada casi  imperceptible me miró las  tetas, y ésto para mí fue un  gesto delicioso. Estábamos empezando  a embriagarnos de miradas y solo habíamos  tomado café y mientras transcurría el tiempo  con sonrisas y miradas íbamos desentrañando del  infierno esos demonios que compartimos, esos pensamientos  íntimos se dibujaban en cada uno de sus gestos y con cada  palabra lo sentía más cercano a mí.

El  encuentro  empezaba a  volverse cada  vez más interesante, pues  sabía descifrarme sin conocerme  y eso que para mí era inconfesable,    él lo leía naturalmente en cada uno de mis  gestos.

Después  de dos cafés más las  preguntas de rigor y una  que otra sonrisa, me invitó  a ir a su apartamento con un  tono de broma, tal vez para disminuir   la tensión en caso de una negativa, yo simplemente  lo miré y no pude evitar morderme los labios, en medio  del silencio mi mirada le gritó un sí a todas las perversidades  que sabía rondaban en su cabeza. Todo se entendió sin necesidad de  que entre nosotros se dijera una sola palabra.

Salimos  del lugar  y nos subimos  a su carro, el  camino estuvo acompañado  de buena música y una que  otra observación acerca del  tráfico en la carretera; una conversación  aún más fluida de silencios y miradas, suavemente  me cogió las piernas como antesala de lo que inevitablemente  sabíamos estaba por suceder, no éramos unos niños para no entenderlo.

Llegamos    a su apartamento  y con un gesto amable  me invitó a seguir se dirigió  a la cocina y trajo un par de  tragos improvisadamente servidos; tímidamente  me quité la chaqueta y ya sin ningún disimulo  nuevamente me miró las tetas, esta vez mi respuesta  no pudo ser nada diferente a una sonrisa cómplice; sin  decir nada se abalanzó sobre mí y nos besamos apasionadamente  como amantes conocidos, su lengua tibia me recorrió los labios  y su olor más intenso ahora me llenó de un instinto frenético.    

No quería  esperar más  solo quería  que me quitara  la ropa, que me  besara las tetas y  eso hizo, sin ningún  titubeo buscó ansiosamente  con sus dedos la humedad que  emanaba en medio de mis piernas  y la saboreó deliciosamente con sus  labios, después fueron muchos besos y  caricias que hacían de los dos solo una maraña  olorosa a carne.

Se  levantó  del sofá  donde estábamos,    tomó un pequeño baúl  antiguo que estaba adornando  la parte baja de una de las    mesitas, lo abrió, sacó de allí una  bolsa en seda de color rojo transparente  y la tiró junto a mí, me lanzó una mirada dominante  directamente a los ojos, tomó con su mano suavemente mi  mandíbula y con una voz firme que salía entre sus dientes me  dijo: “Vístete, perra”.

Ese  “perra”  me encendió  aún más, hablábamos  un mismo lenguaje.

Mientras él se alejaba  y se quitaba la ropa por  el pasillo hacia su cuarto tomé  la bolsa y saqué lo que había en  ella: unos tacones rojos y una bata pequeña  negra transparente; él no regresaba, tal vez haciendo  tiempo para que me vistiera. La bata apenas si me tapaba  el cuerpo, los tacones estaban un poco apretados, pero me encantaban me hacía  ver más largas las piernas.

Minutos  después cuando  ya estaba vestida apareció  con un estuche dorado en sus    manos, sin mirarme en detalle me  sentó en una de las sillas de la sala y sacó  varias cosas del estuche con las cuales me maquilló  hábilmente. Primero los ojos, luego las mejillas y por  último los labios y mientras lo hacía miraba ansiosa sus hermosas  formas esa barba incipiente que no se atrevía a dejar salir, esos ojos  hermosos enmarcados por unas ojeras que hacían más expresivo su rostro; lo  miré con deseo pero también con la certeza de que tal vez podría enamorarme,  sus manos dibujaban en mi rostro su fetiche con una suavidad única.

Al  terminar me paró  frente al espejo.  

–Mírate.     

Había  quedado  igual a  cómo lucen las  putas de las películas, miro  mi reflejo en el espejo y alborotó  un poco mi cabello como lo hace un  artista que le da los toques finales a su  obra; me miraba y sonreía y me le tiré encima,  lo besé muchas veces metiendo mi lengua hasta su  garganta, clavé mi mano entre sus piernas para deleitarme  con la rigidez de su miembro.

–Soy  su regalo,  soy su putica  –le susurre al oído.

En  ese momento  ya quería que  me comiera, me dio  un empujón y me dijo que  no le gustaban las putas que  él era un hombre decente, me miró fijamente  y me preguntó que si en verdad sabía qué tan  puta podía llegar a ser, yo le sostuve la mirada y con  una risa retadora le dije ¨mas de lo que te imaginas¨. Mientras  besaba su cuello le dije suave en el oído que yo me cogía a  los hombres y a las mujeres por igual y que podía ser tan puta como  soñara; se acercó y me dio una cachetada.

–Es  usted  una zorra y  por eso me la voy  a coger como tal ¡Arrodíllese!, exclamó fuerte y rudo.   Se paró frente a mí y me dijo que se la chupara  yo comencé a hacerlo con un placer inigualable como se chupa  un helado que está a punto de derretirse, él me la metía cada  vez más en la boca me agarraba del cabello para que así entrara  más profundo, yo lo miraba sumisamente y no podía más que sonreírle ante  tan placentero castigo.

Me  paró nuevamente frente al  espejo, me tomó del cabello  y me dijo:

–Mírese  al espejo, ¿sí  ve lo linda que  es? deléitese con su  cuerpo es un hermoso tesoro  que solo a usted le pertenece.

Mientras  yo con mis  dedos me daba  un placer inigualable,  él la metió bruscamente   entre mis tetas y luego me  la hundió nuevamente en la boca. Cuando  estaba a punto de llegar la sacó y su humedad  olorosa de placer se resbaló por los caminos dibujados  en mi cuerpo, yo la seguía con mis manos mientras chupaba  lo que me quedaba entre los dedos.

Después  de sacar  todas esas  cómplices fantasías  que nos complementaban, quedamos  ahí tirados como dos muñecos de trapo, él  se levantó y tomó el vaso de la mesa, terminó de  un sorbo el trago que aún le quedaba, se acercó a  mí y me besó largamente con una ternura indescriptible, se  quedó así un rato para no perder el calor de los cuerpos en  medio de una noche fría. Después de unos minutos comenzó a lamerme la cara con su lengua,  me daba pequeños mordiscos en los hombros y en el cuello, continuamos haciendo el amor muchas  veces esa noche; yo estaba extasiada había logrado un orgasmo tras otro, me abrazó nuevamente al  evidenciar mi presencia a su lado después del sueño profundo, después me besó la frente y así nos  despertó la luz de la madrugada, cuando abrí los ojos me vestí y luego de preparar el desayuno me llevó a  mi casa.

A  los  pocos  días,  un nuevo    mensaje esta  vez de texto,  esperaba ser leído  en mi teléfono:

“Hola,  Bella Camila.  ¿Quisieras tomar nuevamente un  café? Cristian.”

Macorina.


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