ORGASMO VIRTUAL

Yo siempre había sido bastante tímida, pocos amigos. Algunos me decían que era rara, pero yo no era rara, sólo era diferente a ellos. Estuve hasta séptimo grado en un colegio de monjas, en octavo entré a un colegio público, mixto, y las cosas fueron muy diferentes. Se sintió como si entrara a una jungla con un montón de animales salvajes, con aviones de papel volando por todas partes, risas y chicos. Chicos. Los únicos hombres de mi vida habían sido mi papá y mi hermano mayor, y ahora estaba viendo a estos bichos raros en su hábitat natural.

Estaba en esa edad en la que las hormonas empiezan a despertarse y a hacer de las suyas en nuestro cuerpo. El médico dijo que yo tenía un desarrollo tardío, y que era por eso que en décimo grado mis pechos seguían siendo pequeños, cuando los de mis compañeras parecían balones de fútbol. Por obra y gracia de la selección natural, los especímenes masculinos preferían a ese tipo de chicas, y yo quedaba sola. Cuando terminé el bachillerato y fui admitida en una universidad de otra ciudad, supe que era mi oportunidad para reinventarme. Iba a ser alguien diferente.

Yo era especialmente buena en tener amores platónicos, amigos a los que nunca les confesaba mi atracción. Y de ser violinista ni se diga, veía cómo todas mis amigas conseguían novio (y luego rompían con él y conseguían otro) y yo seguía sola, como siempre. Las últimas obsesiones que tuve fueron las más dolorosas, y fue allí cuando dije que no iba a permitirlo más.

Había escuchado de esa aplicación en las redes sociales, no era como Tinder, ésta era más diferente, más picante. Y qué mejor lugar para probarla que en este nuevo mundo. Al principio fue sólo chat, conversaciones calientes, y luego vinieron las fotos íntimas, sugestivas. No lo suficientemente pornográficas, pero tampoco inocentes.

Los usuarios con los que compartía estas experiencias eran anónimos (al igual que yo). Y luego empezó la parte buena de la historia. Sabía que en algún punto alguno de ellos iba a invitarme a su casa, pero yo había visto demasiadas series sobre crímenes como para saber lo arriesgado que era. Me estuvieron insistiendo hasta que finalmente cedí, la ubicación era en las residencias masculinas, justo en el edificio frente al mío.

No se imaginan los nervios que tenía, mi ropa interior era cómoda, no sexy, y yo no sabía ni qué ponerme. Estuve todo el día con los nervios crispados, cepillándome hasta las encías, probándome conjuntos, labiales, perfumes. Ni para el primer día de universidad me había arreglado tanto. Tenía miedo de ir muy cargada.

—¿Y la señorita para dónde va? —sonrió una compañera al verme en el pasillo, había sentido más afinidad con ella estos últimos días.

—Voy a... —la timidez iba a invadirme de nuevo, pero no lo permití—, voy a verme con alguien.

—¡Uy!, no sabía que ya habías encontrado tinieblo.

—Es como... como la primera cita, ¿qué tal voy?

—Vas bien, me cuentas cómo te va.

Afuera había salido la luna, las polillas que venían del jardín botánico empezaban a revolotear alrededor de las farolas que daban la bienvenida al edificio de las residencias masculinas. Le avisé a aquel muchacho que ya había llegado, y él me dijo que nos encontráramos al final del tercer piso. Estuve a punto de arrepentirme, con el corazón en la garganta, con las manos sudorosas. Pero llegué hasta el punto acordado. Y ahí estaba él, vale recordar que nunca nos habíamos visto las caras, pero era todo lo que yo me había imaginado en mis sueños húmedos. Manos grandes, alto, imponente.

Temí que fuera a decepcionarse de mí, quizá no era lo que él había estado buscando, pero de todas formas me invitó a pasar a su desordenado cuarto (por el cual ni siquiera pidió disculpas, como es habitual).

Yo no había terminado de acomodarme cuando me rodeó con los brazos y una de sus manos se posó con firmeza en uno de mis pechos. Cualquier señorita le habría dado una cachetada para que respetara, pero yo no me podía dar ese lujo, no podía desperdiciar esta oportunidad. Tampoco supe cómo reaccionar, me quedé como una muñeca plástica mientras me manoseaba, como una vaca muerta, un palo, cualquier cosa menos un ser humano.

Y al parecer eso a él ni siquiera le importó. Me arrancó la blusa casi de un tirón, supe que no era principiante cuando me desabrochó el sostén con un solo movimiento. Él se quitó la camisa y yo casi tengo un orgasmo con sólo verlo.

Quería que apagara la luz, todas las inseguridades de mi cuerpo estaban empezando a aflorar, pero desistí cuando supe que ahora nada de eso importaba. Se quitó el pantalón, tenía  una erección más que evidente, se lanzó sobre mí y empezó a morderme el cuello con suavidad, sentía las cosquillas de su barba contra mi piel, su piel tibia sobre la mía.

Empecé a dejarme llevar, a tocarle su cuerpo, a levantar mis piernas para poder frotarnos enérgicamente. Se sentía genial, mucho mejor que la imaginación y mis dedos. Me quitó el pantalón, ahora estábamos sólo en ropa interior, pero eso no duró mucho. Lo vi lanzando una mano hacia la mesa de noche hasta alcanzar unos condones.

Un momento. ¿Condones?.

Yo había venido a pasar un buen rato, besos, caricias, cosas de ese tipo. Ahora estaba viendo cómo rasgaba el empaque del condón y se preparaba para ponérselo. En ese momento yo era virgen, era algo que me daba más vergüenza que orgullo, y él se veía tan excitado, tan candente.

—Date la vuelta —me susurró una vez tenía puesto el condón y luego me lamió el cuello. Menos mal no veía la angustia en mis ojos. Me di la vuelta con el frío recorriendo mi sacro. Él se posó sobre mí y me besó los hombros, sentí su mano viajar hasta mis nalgas, apretarlas, saborearlas.

Sentí sus dedos llegando hasta mis genitales, rozando con sutileza el monte de venus, bajando hasta el clítoris hasta terminar jugueteando con él. No pude evitar gemir de placer. Cuando menos pensé, él introdujo su miembro sin aviso. La verdad fue que grité, ese dolor fue espantoso, no estaba preparada, ni siquiera tenía una almohada cerca para poderla morder.

—¡Para, para! —le supliqué.

—Si hago eso te va a doler más —susurró algo confuso, seguramente nunca le había pasado. Yo moría de vergüenza. Quería decirle que se detuviera, contarle la verdad, que no estaba lista, que fuéramos más lento. Seguramente él estaría rojo de la rabia, podía imaginármelo, yo sólo pensaba ¨ésta loca llega a ponerlo caliente por chat, a manosearlo, a masturbarlo, y lo iba a dejar así como así, con las ganas activadas¨.

Tragué saliva, ¿qué tan malo podía ser? Me mordí el puño y permití que continuara, él no lo dudó, volvió a saltar sobre mí y esta vez no dolió tanto. Sentí cómo el miembro se deslizaba a través del himen y la abertura vaginal, cómo llegaba lentamente hasta el fondo. Respiraba en mi nuca—. ¿Te gusta?

—Sí —dije y él empezó a moverlo lentamente, hacia afuera, hacia adentro, el cosquilleo me llegó hasta el vientre, giré mi cabeza hasta encontrarme con sus labios carnosos, nos besamos, las lenguas se enredaron, bailaron. Y luego él empezó a moverse más rápido, aprovechando mi lubricación natural. Su pelvis chocaba contra la mía y sonaba como palmadas cada vez que nuestra piel se encontraba. Sacó su miembro, se quitó el condón y yo me di la vuelta para hacerle sexo oral.

Intentaba jugar con mi lengua mientras él tomaba mi cabeza y la empujaba suavemente hacia él. Me agarró el cabello en una cola de caballo y gimió con fuerza antes de su primera eyaculación. En ese momento yo poco sabía de técnicas, de movimientos. Era lo que se conoce como una vaca muerta. Yo no sabía lo que era un mal polvo hasta ahora, en ese entonces yo estaba dichosa, feliz. Acabamos unos diez minutos más tarde, ambos jadeando, sudando. Yo creí que iba a besarme de nuevo.

—Tienes que irte, que yo tengo otro compromiso más tarde.

 


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