ORGASMO VIRTUAL, CAPÍTULO 5

—¿Por qué tienes esa cara de tonta? —me preguntó Karen alzando una ceja cuando me la encontré en el pasillo—. ¿Y por qué tienes el cabello mojado si son las ocho de la noche?

—Es que...

—¿De dónde vienes, Paula?

—Estaba en la entrevista, me contrataron —me recosté contra la pared, me sentía caminando como un alicate.

—Pero pasó algo más, ¿verdad?

—Quizá —sonreí, estaba a punto de caer al suelo.

—Tienes que contármelo todo —me tomó de la mano y me arrastró hasta su habitación.

Empezamos a charlar, poco a poco fui contándole lo que había pasado en la oficina del profesor. Parecía no creerme nada al principio, pero su opinión fue cambiando mediante su boca se abría como un arco.

—¿Tanto dinero por un vestido roto? —exclamó.

—Yo le dije que no, pero insistió.

—¿Qué harás con todo eso?

—No sé, no sé. Ahorrar, supongo. Si les envío todo de golpe a mis padres empezarán a hacer preguntas y yo no sabré qué responder.

Durante las clases, mi profesor se veía tan serio como siempre. Las primeras semanas no me pidió hacer mucho, sólo rellenar más formularios, separar documentos por fechas, remitentes y orden alfabético. El sueldo no estaba nada mal para una estudiante universitaria, y eso que ni siquiera había tocado un centavo del dinero del vestido.

Su indiferencia y dureza fácilmente me podrían hacer cuestionar sobre lo que había pasado. Era tan serio, tan... ¿molesto?, no, molesto no es la palabra. Tal vez reservado, sí, era tan reservado que más de una vez me puse a pensar que todo había sido obra de mi imaginación. Lo único que me hacía regresar a la realidad era la evidente erección que se le notaba cuando intercambiaba más de tres palabras conmigo.

—Necesito que me acompañe un momento —me dijo él cuando la clase acabó, ya todos estaban yéndose.

—Sí señor —respondí de forma sumisa y lo seguí por los pasillos hasta el parqueadero. Su camioneta parecía la de un narcotraficante, subió a ella y me abrió la puerta del copiloto.

—No se quede allí, no tengo todo el día.

Pocas veces había salido del campus, y casi todas ellas habían sido con Karen. Imaginé que iba a llevarme al banco, al Registro Civil, al ayuntamiento, quién sabe, tantos sitios a los que podría acompañarlo como su asistente. Pero no, en la avenida no dobló hacia la ruta al centro, siguió de largo hasta avanzar por la autopista. Yo no hice preguntas, a él le molestaba tener que hablar más de lo necesario, eso era a todas luces evidente. Cuando las casas, carteles y edificios habían sido reemplazados por árboles, maleza y rocas, tomó una ruta secundaria que ni siquiera contaba con alumbrado público. Empecé a inquietarme.

—¿A dónde vamos? —pregunté en voz alta, tratando de que mis palabras se oyesen por encima de aquella suite de Bach que sonaba en la radio. Y, como me lo esperaba, no me respondió.

Había un auto aparcado a un lado de la carretera, parecía estar sacudiéndose levemente y sus ventanas estaban empañadas. Pasamos de largo, vimos a un par de vehículos en las mismas condiciones. Él terminó orillándose y apagando las luces. Abrió el sunroof, el atardecer teñía de naranja a las nubes del cielo. En pocos minutos anochecería.

Bajé la mirada, nuestros ojos se encontraron y no fue necesario decir una palabra. Él empezó a bajarse la bragueta del pantalón. Yo ya sabía cuál era mi trabajo. Me lancé sobre su miembro como una fiera mientras él me sujetada del cuello y de la base de mi cola de caballo, haciendo presión hacia el fondo, controlando el movimiento rítmico que no tardó en hacerle escapar un par de gemidos. Poco a poco él me iba desvistiendo, sacándome la blusa, desabrochando mi sostén. No llevaba ni cinco minutos cuando me hizo alzar la cabeza.

—Vamos a los asientos de atrás —me dijo mientras abría la puerta y el aire fresco ingresaba a la cabina. Yo ya tenía las tetas por fuera, temía que el carro de Google Maps fuese a pasar justo cuando pusiese un pie afuera—. Y vamos, que cuando le dije que no tenía todo el día era en serio, señorita.

Me di prisa, me saqué toda la ropa que llevaba puesta y de un salto terminé en los espaciosos asientos traseros. Él hizo lo mismo, puso las luces estacionarias, se quitó toda la ropa y cerró la puerta de un golpe. Volver a sentir su cuerpo desnudo sobre el mío fue la mejor sensación que había tenido en semanas. Aquellos vellos rozándome por todas partes habían sido parte de mis sueños y ensueños durante todas estas noches en vela.

Quería capturar este momento, detener el tiempo, quedarme así toda la vida. Entre sus enormes brazos me sentí tan segura como nunca. Intenté besarle, pero sus labios iban dirigidos directamente hacia mi cuello, como si fuese un águila. Creí que iba a ser tan rudo como la última vez, pero los movimientos fueron avanzando sin prisas y sin pausas. Sin el acalorado afán de un tiempo límite, sin la presión de tener que hacer o decir algo para ahogar el incipiente silencio incómodo que a veces suele amenazar con manifestarse. Nada de eso fue necesario.

Sentí cómo su miembro iba entrando suavemente a mi vagina, avanzando lento y firme, impulsado por nada más que los movimientos naturales que realizábamos al besarnos los cuellos. Cuando entró, él acarició mis senos, besó los pezones, tocó todo mi cuerpo. Supongo que también quería congelar el tiempo y quedarse así por siglos.

Seguí los consejos de Karen, decidí tomar la iniciativa, tomar el control. Mis manos subieron hasta su cuello y de allí lo agarré. Tomé impulso y empujé mi pelvis hacia la suya, haciendo que su miembro entrase del todo. Estaba tan excitada que ni siquiera sentí dolor. Él me miró con aquellos ojos negros y profundos, luego, por fin, me besó.

Sus labios carnosos se fundieron con los míos, la velocidad de sus penetraciones empezó a aumentar tanto que yo no podía mantener la boca cerrada. Los vidrios ya estaban empañados, a veces se iluminaban por algún vehículo que pasaba de largo, seguramente otra pareja que iba a tener el mismo destino.

Metió sus dedos a mi boca, yo los lamí mientras me penetraba con más y más fuerza. En los momentos finales, se lanzó nuevamente hacia mí y mordió mi hombro con sutileza mientras su cuerpo se sacudía en aquellas últimas contracciones de la eyaculación. Y luego no hubo nada más que su respiración cálida impactando con mi mejilla, las ventanas húmedas agazapando el cielo nocturno que se cernía sobre nosotros.

Nos quedamos allí, callados, inmersos en nuestros propios pensamientos. Si nos movimos fue porque el frío empezaba a manifestarse. Pude ver que sus sentimientos hacia mí parecían estar cambiando.

—Hace tiempo quería hacer eso —me confesó cuando volvíamos a la ciudad.

—¿Tener sexo en una carretera?

—Eh, sí, eso también. ¿Usted nunca lo ha hecho?

—No, esta fue mi primera vez —mis palabras de inocencia parecían desatar en él algún instinto sexual.

—Entonces es un honor.

Me llevó hasta la entrada de la universidad y luego siguió su camino a casa. Entré despacio a mi cuarto para que Karen no empezara de nuevo con su interrogatorio, aunque a todas luces sabía que era inevitable.

Me tumbé en la cama y me quedé mirando al techo, fue entonces cuando una nueva notificación apareció en mi teléfono. Otro usuario quería contactarse conmigo. Otro de tantos, de seguro ni siquiera tendría foto, como la mayoría de orcos que abundan por aquí. No iba a prestarle atención, estaba más que satisfecha por mi encuentro sexual, pero por mera curiosidad terminé desbloqueándolo. Creí que estaba viendo mi perfil, luego descubrí que no era así. Alguien más estaba usando mi foto. Y estaba escribiéndome.


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