ORGASMO VIRTUAL, CAPÍTULO 2

Yo no le dije nada, asentí, sonreí y me marché. La persona que entró por esa puerta no era la misma que la que salió. Todos notaron mi cambio, esa mirada llena de inseguridad se había evaporado, me sentía toda una experta, aunque la verdad es que todo esto apenas acababa de empezar. Esa semana no tuve más encuentros, me dediqué a descansar, a estudiar, a reflexionar. Y ese fin de semana, la compañera de la habitación de al lado me invitó a tomar cerveza en un bar.

Yo no tenía amigas en la ciudad, por lo que unas cuantas copas después, yo terminé contándole lo que había hecho. Mis compañeras del colegio católico me habrían condenado a la hoguera, me hubiesen llevado a rastras hasta el púlpito para que rogara por el perdón de mis pecados, pero ella sólo se rio, y acto seguido me comentó que ella también usaba la aplicación.

—No tienes foto —me dijo—, yo siempre me había estado preguntando quién era esta chica que aparecía como a tres metros de mi ubicación, y nunca pensé que fueras tú.

Pidió otro trago y luego abrió la aplicación en su teléfono.

—¿Ves a este chico de acá?

—Sí.

—Mira, aquí hay tres bandos. El bando más bajo es el que no tiene una foto de perfil, es decir, los anónimos. A ellos sólo les escriben los que están calientes y desesperados. El grupo intermedio es aquel que pone sólo una fracción de su cara, sus labios, su barba, quizá su abdomen, sus músculos, una foto en ropa interior; es decir, los anónimos pero interesantes.

—¿Y el otro?

—El otro, como este chico, son de las ligas mayores. Los atractivos, los de gimnasio, cuerpo perfecto y cara bonita. Sólo cogen entre ellos. Tienes que subir de nivel, no puedes quedarte tan abajo. Te reto a que intentes llegar hasta las ligas mayores.

Yo me reí, creí que era un chiste. Luego vi que lo decía en serio.

—Claro que no, me sacan a patadas de allá.

—No lo sabrás si no lo intentas.

—¿Por qué no lo intentas tú, mejor?

—Hagamos un trato. Intentémoslo las dos.

—¿Y cómo se hace eso?

—Tengo una amiga que está en esa ´tribu´, creo que ella nos puede ayudar. Pero primero lo primero, tenemos que subir una foto completa. Enseñando nuestra belleza natural.

—Sobre todo yo —murmuré antes de entrar en carcajadas patrocinadas por el alcohol en mi sangre. Quizá por ese mismo motivo es que terminé aceptando. Nos pusimos a elegir las fotos, pero mi carrete estaba lleno de memes y pantallazos. Selfies tenía un par, pero era haciendo caras raras. Ella, por el contrario, era muy bonita, tenía fotos que parecían de estudio, por lo que no le dio mucho trabajo elegir una.

—Yo misma te la tomaré —dijo cuando se cansó de esperar a que me decidiera—, no puedes subir eso que tienes allí.

Me arrebató el celular de las manos y me dijo que sonriera, yo traté de hacerlo, aunque mi mirada ya estaba siendo nublada por un colorido kaleidoscopio. Y así fue como empezó todo. Ambas estábamos nerviosas porque alguien nos reconociera y regara el chisme por todo el campus, y uno nunca sabe, quizá el mismo chisme termine llegando a oídos de nuestros padres. A ella le escribieron casi de inmediato, aunque por puro respeto hacia mí ella no aceptó ninguna de las invitaciones.

Un consejo, cuando conozcan a alguien virtualmente, pidan una foto haciendo caras, así evitaran filtros, photoshop y que sean engañados por todo el casting de Shrek.

Llegamos a las residencias tambaleándonos, riéndonos, con los tacones  en la mano. Nos despedimos y cada una se fue a su habitación. Me quité el vestido y quedé desnuda sobre las sábanas. Iba a conectar mi celular al cargador cuando vi una notificacion en la pantalla. Alguien me había escrito. Era apenas uno de clase dos, un pedazo de barba (que sinceramente se veía muy sexy) como foto de perfil, veintinueve años, a casi medio kilómetro de acá.

Le respondí a su saludo, estuvimos hablando por casi una hora hasta que acordamos vernos el lunes en horas de la asamblea. Yo dormí muy contenta, pasé la resaca del domingo con limonadas y hielo, y el lunes ya estaba fresca como una lechuga. Le conté a Karen (la chica de al lado) lo que tenía planeado, le mostré lo que usaría y a ella casi le da un infarto.

—¿Cómo te vas a poner eso? —me regañó mientras rebuscaba en mi armario por algo más... ¿decente?, no estoy segura de que esa sea la palabra que ella tenía en la mente— De verdad nunca superaste ese convento de donde saliste, parece ropa de monja.

—A mí me gusta —me defendí—, y tampoco es tan horrible como crees.

—Yo misma te voy a vestir.

—Ni hablar —corté, conocía su gusto. Seguramente me haría salir como una mostrona de quinta.

—Al menos usa mi lencería, ven, tengo unas prendas nuevas que aún no he usado. No te preocupes, simplemente entrégamelas lavadas.

Y sí, era lencería de verdad. Nunca me había puesto algo tan provocativo, el conjunto blanco de encajes combinaba a la perfección con mi tono de piel, con el color de mi cabello. Había un par de correas pequeñas que colgaban de mis caderas. Hasta yo misma me excité.

—Así es como se hacen estas cosas —continuó con su sermón, me explicó un par de técnicas mientras me vestía y luego salimos camino a la asamblea de estudiantes. Ni siquiera sé por qué nos habían citado a todos en el auditorio, me concentré en mi celular hasta que él me escribió para que nos viésemos en el tercer piso de la facultad de veterinaria, justo en el edificio del hospital.

—¿Es él? —me preguntó Karen mirando de reojo.

—Sí —me puse de pie—, ya me voy. Luego te escribo y te cuento cómo me fue.

Algunos estudiantes me miraron mal por abandonar el recinto, no me importó. El campus estaba literalmente desierto, sólo las personas de la limpieza andaban barriendo hojas marchitas y vaciando papeleras. Llegué a la facultad de MVZ, crucé el puente hacia el hospital veterinario y llegué hasta las escaleras. Me senté a esperar, y a esperar, y a esperar. Él no aparecía, tampoco contestaba.

Llegué a pensar que me habían dejado plantada, estaba llena de rabia, me sentía estúpida. Luego escuché el eco de unos pasos subiendo las escaleras. Y allí estaba él. Si el anterior mequetrefe casi me provoca un orgasmo visual, éste me provocó miles. Justo como me gustaban, altos, elegantes, sonrientes. Su grandísimo miembro se le notaba desde el pantalón, y eso que yo dudaba de que estuviese erecto. Pero eso no fue todo, luego de morbosearlo con la mirada, le reparé la perfecta cara. Era mi profesor de Introducción.

Me tendió una mano para que me pusiera de pie, y la mía parecía frágil y chiquita sobre la de él. Señaló la puerta de los baños y se acercó a mi oreja con suavidad y dulzura.

—Prepárate.

¿Quieres saber que pasó después?

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