SORPRÉNDELA POR DETRÁS

Sus nalgas pronunciadas me hacen dudar del amor que le tengo. Sus nalgas pronunciadas de deportista, y no de cualquier deportista.

En mi ciudad los mejores puestos se los disputan entre las ciclistas, las patinadoras y las voleibolistas; todas las demás deben conformarse con entrenar fuerte y ganar medallas, o pasar horas extenuantes en los gimnasios si quieren tener un buen conjunto de piernas y culo.

Ella no necesita nada de eso, encuentra en mí a su entrenador personal, y su cetro… su trofeo, siempre duro entre mi pantalón. Sus pompas infladas bajo su corta falda negra, su oscura parte entre sus piernas me hace perder la razón. Tirada, en mi cama, boca abajo; mi boca seca esperando un poco de acción. Voy, me acerco, llego; su dulzura me atrae, mis manos hacen una especie rara de amague. Sonrío, nervioso, atento; ella es pura señal.

Su olor a sexo, sus mejillas coloradas, sus brazos arrozudos, sus piernas palpitando. Comienzo a enredar mis dedos entre su pelo, ella sabe que es el juego de siempre: un juego sutil y envolvente. Sus ojos, cerrados, son mi mensaje de bienvenida; no hay color rojo en la despensa, no hay temor, no hay prisa, mi irrespeto es su sonrisa.

Gira, queda de medio lado, ya las almohadas sobran, mis gafas estorban. Comienzo a pasar mi lengua por su frente, no hay lugar más sublime y decente. Mis labios secos la rozan, todo mi objetivo es verla empapada, con ganas, envuelta en invisibles carcajadas. Lento, a destiempo, todo es eterno en este momento. Su cuello se eriza con mis uñas resbalando, llego a su escote y vuelvo a comenzar. Sus ojos cerrados titilando dicen que le gusta, ella es puro placer, lo único que merece una mujer.

Mi conducta inapropiada si fuese un viernes santo, antes del matrimonio es prohibido tirar. ¿Quién ha de juzgarnos si nos amamos? ¿Quién ha de juzgarme si ella es mi única verdad? Diez centímetros más abajo de su parte media están las puertas del cielo y el infierno, he de recorrer el camino, he comenzado a llegar; yo no elijo mi destino, pero sí dónde me quiero quedar. — 78 — Su pecho con dos pistilos me atrae, su blusa blanca ceñida a su tórax es mi enemiga.

Yo comienzo a jugar con su estampado, bajo a su ombligo, levanto un poco la tela, entro a su abdomen, me creo dueño de sus poros, me siento amo y señor de su pasión. Ella está quieta pero no está inmóvil, de dentro sus fluidos comienzan a emerger. Llego a sus senos encargados como para mis manos, ahora mi boca deja salir mi lengua, entra en su oreja izquierda, la esculca, la recorro como si fuese un laberinto; gira otro poco, ya está boca arriba y mi espalda hacia el techo; mi cintura da en sus rodillas, no disimulo mi interés.

Abre un poco sus piernas, solo hasta que entra mi pecho, ahora sí se mueve, y yo no me puedo detener. Subo hasta su rostro y la comienzo a besar. Saca su lengua, la mueve rápido, luego lento, la pasa por mis labios entreabiertos, entra despacio, pica en mis dientes hambrientos como guillotina, rodea mi lengua como si yo me hiciera sexo oral. —Ya vuelvo, voy a preparar café. * Adoro el café en todas sus expresiones.

 


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