TAN CORTO EL AMOR Y TAN LARGO EL PEPINO, SEGUNDA TANDA

Hay un momento de suspensión, de vacío en el que sabes que algo pasará y solo es cuestión de que el reloj se siga consumiendo; como un lapso entre escalón y escalón, entre paso y paso, entre la imaginación y el acto. Ambos sabíamos lo que pasaría, sin embargo, quisimos darle una opción al azar. Ese destino ingrato lleno de posibilidades que yo tantas veces había ignorado.

Ella abrió la puerta de su apartamento y yo aún no me lo creía, quince años detrás de esos pantalones, y ahora, justo ahora cuando nuestras vidas estaban aparentemente estables, se abría el camino hacia la desnudez.

—Home, sweet home -gritó mientras se agachaba para quitarse las botas- ponte cómodo, me voy a cambiar.

Descargué la bolsa del supermercado en la mesa de la sala y me senté.

—Recuerda que soy bastante deportiva -dijo desde la habitación principal-. Esa ropa formal solo es para aparentar ser una dama en la calle. 

—¿Y en la cama?

—Se supone que una puta, pero hace mucho no ejerzo.

Esa última frase me llevó a deducir que su matrimonio no estaba del todo bien, o al menos la cuestión sexual estaba grave.

No voy a negar que al principio estaba incómodo, desde que intenté tocar su vagina, incluso mientras íbamos desde el cine hasta su apartamento. Era como si sintiera placer en medio de una violación, sabía que estaba obrando mal, pero lo disfrutaba. 

—No tengo copas pero tengo vasos y pocillos. Busca en la cocina.

Me animé y fui a la cocina. Qué más daba. Solo había dos opciones: seguir adelante o abandonar e ir a casa a terminar de leer un libro y ver televisión  hasta quedarme dormido junto a una esposa que ya no deseo. Destapé la botella y serví en dos vasos de vidrio.

—¿Sabías que cuando uno destapa una botella de vino debe tomársela toda esa misma noche? -me dijo mientras salía de la habitación.

Vestía una blusa holgada que le llegaba hasta los muslos. Yo no sabía si tenía un short debajo, tanga o nada. Pero pronto tendría que averiguarlo.

—¿Y qué pasa si no nos tomamos toda la botella de vino?

—Supongo que nada, son solo normas de etiqueta, y como tales hay que romperlas.

Yo quería romperle las nalgas, pero no se lo dije. Solo sonreí.

Tomamos un trago y ella me sugirió brindar por nuestra amistad que estaba a punto de dar un salto al placer sexual. Se supone que primero se brinda y luego se toma, pero esa noche era para romper todo. 

Creo que Patty estaba más ansiosa que yo aunque lo disimulaba muy bien. Me sugirió ir a la habitación porque quería probar "el tal masaje" con el pepino. Debo confesar aquí que en mi puta vida lo había hecho, solo estaba improvisando, sin embargo, alguna vez lo había visto en un video porno que me enviaron por WhatsApp. La actriz parecía excitada, el problema es que era eso, solo una actriz.

Saqué el pepino de la bolsa y fui a la habitación. Cuando entré ella ya estaba en la cama, boca abajo, ya se había quitado la blusa y sí, lo único que faltaba para lograr la desnudez total de su cuerpo era quitar una tanga negra que se filtraba entre sus nalgas.

No tuve tiempo para analizar la alcoba, en la mesa de noche había un aceite para masajes y se lo eché en la espalda, lo esparcí con mi mano derecha mientras con la izquierda me quitaba los zapatos y desabotonaba mi camisa. Medio indeciso sin saber hasta dónde me permitiría llegar, puse el pepino en su espalda y lo hice girar hasta su cuello y luego lo regresé casi hasta sus nalgas.

—Se siente rico, ¿quién lo creyera?, nunca me habría imaginado un masaje de estos.

Yo entendí que lo estaba haciendo bien y me arrodillé en la cama para luego sentarme sobre su cola. Eché más aceite y le puse más fuerza al movimiento con el pepino.

—Ahí tengo un dolorcito, pero se siente rico -me dijo cuando pasaba cerca a su nalga derecha.

Dejé el pepino y le hice con mis nudillos, también suaves golpes hasta hacerla jadear.

Te la voy a quitar para no untarte de aceite -le dije mientras deslizaba su calzón hacia sus pies.

—Hazme en las piernas.

Y sus deseos fueron órdenes. Mis manos moldearon su cintura y agradecí en silencio por ese cuerpo aún sin hijos. Ella abrió un poco las piernas para que la parte interna de sus muslos pudieran recibir más aceite y mis caricias. En ese punto yo me estremecía tratando de que mi pene lograra una posición donde el glande no se sintiera presionado, porque es bastante incómodo tenerlo por ahí rozando sin una oportuna lubricación. 

Patty movía su cintura y levantaba las nalgas rítmicamente como mostrando placer y pidiéndome más. Yo no tuve más opción que seguir. Le di unos suaves besos en la espalda y el cuello y ella sonreía y gemía. La voltee y lo primero que miré fue sus senos, los cogí como si fueran los últimos frutos del árbol. Luego miré su boca y la besé como un mendigo muerde un pan caliente.

Su pelvis recibió mi cintura y tuvimos un enfrentamiento de caderas mientras mis manos apretaban las suyas contra el colchón. Ella estiró su lengua para chuparla y luego morderla. Su mano derecha comenzó a merodear por la pretina de mi pantalón hasta que agarró mi pene como si fuera un pájaro en busca de un agujero para salir hacia la libertad.

¿Qué hiciste el pepino? Metémelo por favor.

Yo quería penetrarla pero ella quería otra cosa. El pepino ya estaba lubricado y yo lo pasé por su clítoris mientras mi dedo medio pasaba por sus dientes. Rodeé su vagina con el pepino, en realidad no sabía si debía introducirlo o esperar, pero no, ni lo uno ni lo otro. Patty se puso en 4 y con un puñado de aceite se lubricó el ano.

—Por acá -me dijo, convencida y dispuesta a recibir placer o dolor, no sé.

Le hice unos segundos con mis dedos tratando de abrir camino hasta que la autopista se abrió e introduje la punta. Sus gemidos parecían llamados para que mi pene explotara, pero seguía preso en mi pantalón.

—Duro, más adentro.

Yo la veía tan excitada, tanto que me pregunté qué se sentiría. Llegué a la conclusión de que el ano de la mujer y el ano del hombre funcionan igual y me dieron ganas de intentarlo, sin embargo, seguí con el movimiento para no perder el ritmo que iba directo a su orgasmo. Ella gritó y sudó, era mi turno, el turno de romper las reglas y tal vez también mi ano.

 


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