El Trayecto del Placer ūüöĆ

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Tipo de inter√©s: Historias ūüĒ•

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Abarrotado, me dije, como siempre.

 

Ah√≠ ven√≠a el bus, un poco m√°s tarde de lo habitual, ¬ŅO yo hab√≠a madrugado de m√°s? Los que est√°bamos en la parada nos apresuramos para entrar y, despu√©s de algunos esfuerzos de √©sos cotidianos, los codazos sutiles y las miradas secas, o hasta pidiendo permiso, logr√© hacerme en un sitio m√°s o menos c√≥modo. No estaba sentada, claro que no, ese ser√≠a un milagro, pero no me pod√≠a quejar.

 

Traté de hacerme lo más cerca posible de la puerta trasera, así no tendría que esforzarme mucho para bajar, aunque la multitud apretaba más y más los cuerpos con los cuerpos. Era lo normal, sabía cómo debía hacerme, con el bolso bien agarrado y aprisionado entre mi brazo mientras que, con el otro, me sostenía para no caerle encima a otro pasajero.

 

El bus arranc√≥, algunos salieron, otros entraron, pero, un par de barrios m√°s all√°, un hombre de cabello casta√Īo corto y ojos grises se cruz√≥ en mi mirada. Estaba all√≠, de pie en la parada, quiz√° esperando impaciente para poder llegar a tiempo al trabajo. Nunca lo hab√≠a visto, y yo pod√≠a jurar que al menos reconoc√≠a de vista a casi todas las caras que tomaban la misma l√≠nea cada ma√Īana.

 

Sostuvimos la mirada por unos segundos, ¬ŅPor qu√©?, no s√©, es m√°s, ni siquiera pod√≠a estar segura de que me miraba a m√≠, deb√≠amos ser al menos media docena de caras enclaustradas en esa ventana, quiz√° todas mirando en la misma direcci√≥n. Era guapo, eso no est√° en discusi√≥n. Mientras hac√≠a la fila para subir al bus, pude detallar m√°s aquellos hombros anchos, esos brazos fuertes, un cuerpo forrado en m√ļsculos trabajados. Quiz√° no tan trabajados como para parecer alg√ļn fisicoculturista, pero lo suficiente para dejar a m√°s de una sin aire. Como supon√≠a que estaba pasando en ese mismo instante.

 

Lo perd√≠ de vista cuando subi√≥ al bus, intent√© mover mi cabeza de un lado a otro, tratando de alcanzar de nuevo sus ojos grises. Nada. Mi campo de visi√≥n estaba constantemente interrumpido por los rostros de las se√Īoras malhumoradas y los se√Īores impacientes.

 

Se habr√° quedado adelante, pens√© y, mientras regresaba a lo m√≠o, dese√© que su parada estuviera antes que la m√≠a, as√≠ podr√≠a verlo por √ļltima vez. Estaba segura de que esta no era su ruta de siempre, despu√©s de ese trayecto se perder√≠a en el mar de caras de una ciudad mediana.

 

‚ÄĒPermiso, permiso ‚ÄĒdijo una voz gruesa, una voz que parec√≠a destacar entre las dem√°s conversaciones. No mir√© de inmediato, no era tan imprudente para hacerlo. Cuando menos pens√©, estaba casi a mi lado, volte√© a ver y me encontr√© con la misma cabellera casta√Īa de hace un par de minutos, se ve√≠a m√°s alto de cerca. Algo dentro de m√≠ se estremeci√≥ al sentir su perfume. No me miraba de frente, estaba de lado, aunque ten√≠a el presentimiento de que me observaba desde el rabillo del ojo.

 

Intenté distraerme, intenté pensar en otra cosa, mirar por la ventana, revisar mi celular, aguantar la respiración. Nada pudo evitar que siguiera atenta a los movimientos de aquel majestuoso cuerpo. Giró suavemente su cabeza, los ojos volvieron a encontrarse, las caras inexpresivas, las miradas atentas. Nada más que eso, como mirando una obra de arte, tratando de descifrar cada detalle.

 

Se acercó hacia mí, ahora estaba a mis espaldas, sentía el calor de su cuerpo sin que llegase a tocarme, sentía su respiración cálida en mi nuca, y parecía que de cada poro de mi cuerpo crecía una diminuta flor. No lo pensé, fue algo instintivo, di un paso atrás y los cuerpos hicieron contacto. Las flores de mis poros se abrían todas al mismo tiempo.

 

El roce, aunque tímido, provocó en él la reacción que yo inconscientemente esperaba. Un segundo, dos segundos, ¡sí!, ahí estaba la reciente erección, sentía su miembro apoyado contra mis nalgas. De repente la ropa me estorbaba, me pesaba, quería salirme de ella, alcanzar la libertad que el pudor me negaba.

 

Fue una tristeza enorme la que sentí cuando reconocí la calle por la que pasábamos, y vi mi destino en la esquina del fondo. No quise despegarme, retrocedí un poco más, un poco más, una de sus manos se posó sobre mis caderas, tímida y confusa, sin saber si debía subir o debía bajar. O ambas cosas, que para algo la vida nos había dotado con dos manos.

 

El bus se detuvo en la parada y, de nuevo, algunos subieron y otros tantos se alistaron para bajar, entre ellos estaba una cara conocida, una oficinista de otro departamento de la empresa. Quise que no me viera, pero lo hizo justo antes de bajar, me hizo se√Īas para que fuera con ella, quiz√° pens√≥ que yo estaba muy distra√≠da y hab√≠a olvidado d√≥nde me deb√≠a bajar. Yo negu√© con la cabeza y le ofrec√≠ una sonrisa nerviosa, ella, por su parte, no hizo m√°s que un gesto de desinter√©s y seguir con lo suyo. Las puertas se cerraron, el bus se puso en marcha.

 

La erecci√≥n se hac√≠a cada vez m√°s grande, su coraz√≥n bombeaba la sangre directamente hasta aquel miembro grueso y largo. Yo me encargu√© de la estabilidad, alc√© ambas manos para sostenerme del tubo mientras √©l posaba las suyas sobre mi cuerpo. Una arriba, acarici√°ndome el pecho firme por encima de la blusa y otra m√°s abajo, merodeando mi entrepierna con sus dedos, con ganas de meterse dentro de la falda. El avance de sus dedos recog√≠a el polen de las flores en mis poros, mi cuerpo se envolv√≠a en aquella caricia un poco h√ļmeda que me hac√≠a sudar a pesar del fr√≠o que hace en las ma√Īanas. No s√© si los dem√°s lo notaron, quiz√° simplemente pensaron que era mejor seguir con sus cosas y no entrometerse, quiz√° estaban perdidos en sus propios afanes y preocupaciones, quiz√° hasta alguien estaba disfrutando la vista. No me importaba, quer√≠a vivir el momento.

 

Alz√≥ mi falda con cautela y disimulo, su mano se introdujo entre mi ropa interior, luego fueron los dedos quienes exploraron mi pubis y, con cuidado, bajaron hasta mi vagina. Las rodillas casi me fallan, sent√≠ que por poco me iba al suelo, que todas las articulaciones de mi cuerpo se relajaban y transformaban en gelatina. √Čl me sostuvo, apoy√© mi cabeza en su pecho y, con mis manos ahora libres, busqu√© de espaldas aquel bulto que me mor√≠a por palpar.

 

Y sí, mis manos confirmaban lo que mis nalgas me contaron, que aquella verga era simplemente grandiosa, la boca se me hacía agua mientras le desabrochaba su cinturón y bajaba el cierre de su pantalón.

 

No fueron necesarios muchos movimientos para luego sentirla de verdad, piel con piel, palpando las venas con la punta de mis dedos, queriendo sentirla dentro de mí, ¡bien adentro!

 

Sus dedos juguetearon con mi clítoris mientras mi cuerpo se tambaleaba del placer, quería que continuara, quería consumar el acto, quería explotar entre los gritos y gemidos que llevaba reprimidos en mi garganta, agarrados de mis cuerdas vocales como banderas en un vendaval.

 

Así atravesamos parques, plazas y barrios enteros, recorrimos calles, avenidas, autopistas. Nos masturbábamos mutuamente como si nos conociéramos de toda la vida, dejando escapar algunos sonidos imposibles de contener.

 

Tuvimos que detenernos cuando el bus se acercaba a su destino final, cuando ya hab√≠a m√°s sillas libres que pasajeros en el bus, cuando sent√≠a la mirada interrogante del conductor a trav√©s del cristal convexo del espejo retrovisor. Nos acomodamos nuestras ropas y bajamos en una de las √ļltimas paradas, en un barrio que no conoc√≠amos.

 

En ese momento no dijimos nada, él paró un taxi para mí y, antes de que yo subiera en él, me tomó suavemente del brazo y sonrió.

 

‚ÄĒ¬ŅMa√Īana a la misma hora?

 

 

 

 

Juan Grajales, Escritor.

Autor de FalsVille (2015), La Cuarta Bestia (2017), Pinos (2019), La Luna en un Suspiro (2020), Cuando Sale la Luna (2020)

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